Economía oculta de la IA: cuando los proyectos fallan, pero los empleados siguen innovando
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Santo Domingo, 22 de agosto de2025-La inteligencia artificial ha pasado de ser un tema de laboratorio a convertirse en el eje de miles de proyectos corporativos. Sin embargo, un estudio del MIT revela un dato inquietante: el 95 % de los pilotos de IA en empresas fracasan. Pero hay un giro inesperado: mientras las iniciativas oficiales tropiezan, una economía paralela —y mucho más viva— se está gestando gracias al uso personal de la IA por parte de los propios trabajadores.
Las compañías de todos los sectores han invertido millones en integrar la IA generativa en sus procesos. Desde automatizar reportes hasta desarrollar asistentes virtuales internos, el entusiasmo ha sido global.
El problema es que la mayoría de estos proyectos se quedan en la fase experimental y nunca alcanzan un retorno de inversión claro. Las razones principales incluyen:
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Expectativas desmedidas: se espera que la IA solucione problemas estructurales que en realidad requieren cambios humanos y organizacionales.
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Falta de datos de calidad: sin información bien estructurada, los modelos producen resultados inconsistentes.
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Costos de mantenimiento ocultos: la infraestructura y supervisión humana necesarias encarecen el proceso más de lo previsto.
Paradójicamente, mientras las iniciativas corporativas fracasan, los empleados individuales están adoptando la IA en secreto o bajo el radar de las empresas. De acuerdo con el estudio, más del 90 % de los trabajadores consultados utilizan herramientas de IA para mejorar su productividad diaria, aunque no sean parte oficial de los proyectos de la empresa.
Esto incluye desde redactar correos electrónicos más rápidos con ChatGPT, hasta automatizar reportes en Excel con copilotos de datos. En otras palabras, existe una economía oculta de IA que no figura en los balances oficiales, pero que está transformando silenciosamente la productividad y el flujo de trabajo.El mensaje es claro: no se trata de abandonar la IA, sino de replantear la estrategia. En vez de perseguir grandes proyectos piloto que consumen años y presupuestos millonarios, las compañías deberían:
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Apoyar el uso individual y práctico de la IA, reconociendo que la innovación a menudo comienza en pequeños experimentos de los empleados.
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Invertir en formación y cultura, asegurando que las herramientas se usen de forma ética y segura.
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Adoptar un enfoque modular, implementando la IA en áreas específicas donde realmente puede aportar valor, en lugar de intentar “transformar todo de golpe”.
La paradoja es evidente: la IA falla en los proyectos grandes, pero triunfa en las manos de los empleados de a pie. Esto sugiere que la verdadera revolución de la inteligencia artificial no está en los planes estratégicos de las juntas directivas, sino en los pequeños triunfos diarios de quienes se atreven a usarla.
El reto ahora no es solo tecnológico, sino de visión: ¿las empresas sabrán reconocer y potenciar esta economía oculta de la IA, o seguirán chocando contra el muro del 95 % de fracaso?
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